AQUÍ NO HAY NEUTRALIDAD

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jueves, 4 de septiembre de 2008

SOBRE HUNTINGTON Y "SUS" CIVILIZACIONES

No es impropio de mí desconfiar de todo aquello que el Sistema promueve y airea sin escatimar esfuerzo. Supongo que se trata de una costumbre que me habrá llevado a veces a suponer más de lo que hay, y aun al error; pero no dudo de que muchas más me ha permitido escapar del conformismo bobalicón, ese otro gran enemigo de la verdad.
Me ha pasado últimamente con un libro muy difundido y conocido -pero poco leído, al parecer-: El choque de civilizaciones, de Samuel Huntington (Barcelona, Paidós, 2001), del que se me ha hablado muy bien desde posiciones políticas diversas. Lo que traigo aquí son ni más ni menos que mis anotaciones, comenzando por un resumen -forzosamente breve, de sólo seis párrafos, pero espero que riguroso- de las tesis de Huntington.
1º.- Huntington prevé un orden internacional nuevo en que los conflictos no son ya de clases o ideológicos, sino “entre civilizaciones”. “Las relaciones entre civilizaciones han pasado, de una fase dominada por la influencia unidireccional de una civilización sobre todas las demás, a otra de interacciones intensas, sostenidas y multidireccionales entre todas las civilizaciones” (p. 60). “Las civilizaciones son las últimas tribus humanas y el choque de civilizaciones es un conflicto tribal a escala planetaria” (p. 247). “El mundo, o se ordenará de acuerdo a las civilizaciones o no tendrá orden alguno” (p. 186).
2º.- Huntington define la “civilización” como “el agrupamiento cultural humano más elevado y el grado más amplio de identidad cultural que tienen las personas, si dejamos aparte lo que distingue a los seres humanos de otras especies. Se define por elementos objetivos comunes, tales como lengua, historia, religión, costumbres, instituciones, y por la autoidentificación subjetiva de la gente” (p. 48). Elementos de entre los cuales, sin embargo, “el más importante suele ser la religión” (p. 47).
3º.- De acuerdo a lo anterior, cataloga un máximo de 8 grandes “civilizaciones” contemporáneas: Japonesa; Sínica o Confuciana; Hindú; Budista; Musulmana; Cristiano-Ortodoxa; Africana; Latinoamericana; y Occidental o Cristiano-Occidental (p. 50-53). A ésta última la llama también, en otros sitios, Civilización Noratlántica (p. 52-53).
4º.- Son características de la Civilización Occidental, según Huntington: el legado clásico, la pluralidad de lenguas, la separación de la autoridad espiritual y temporal, el imperio de la ley, el pluralismo social, los cuerpos representativos y el individualismo (p. 81.83), pero sobre todo “el cristianismo occidental, primero catolicismo y después catolicismo y protestantismo" (p. 81). Se trata de “Europa y Norteamérica, más otros países de colonos europeos como Australia y Nueva Zelanda”, que han sentido “los efectos de la Reforma y han combinado la cultura católica y protestante” (P. 52). Para Huntington, la Civilización Occidental surgió en los siglos VIII y IX y desarrolló sus características propias en los siglos siguientes, aunque no comenzó a modernizarse hasta los siglos XVII y XVIII (p. 81).
5º.- Los conflictos importantes a los que debe hacer frente la Civilización Occidental son, inevitablemente, con las más civilizaciones más orientales. “Sus relaciones con Latinoamérica y África, civilizaciones más débiles que han sido dependientes de Occidente en alguna medida, registran grados muy inferiores de conflicto, particularmente con Latinoamérica” (p. 218). Las diferencias que H establece con ésta son, en todo caso, claras: aunque la civilización Latinoamericana está “íntimamente emparentada con Occidente” (p. 52), Huntington alega que “incorpora elementos de las viejas civilizaciones indígenas” (p. 51) y que “ha tenido una cultura corporativista y autoritaria que Europa tuvo en mucha menor medida y Norteamérica no tuvo en absoluto” (p. 52). Curiosamente, Huntington minusvalora el componente católico en el ámbito latinoamericano. Es cierto que no lo desdeña, pero lo relativiza al afirmar que “latinoamérica ha sido sólo católica, aunque esto puede estar cambiando” (p. 52) hacia una “protestantización” (p. 117). Se establecen también diferencias con la Civilización Ortodoxa, emparentada con el ámbito bizantino y marcada por “el despotismo burocrático y las limitadas influencias del Renacimiento, la Reforma, la Ilustración y demás hitos de la cultura occidental” (p. 51).
6º.- Las grandes superpotencias de la Guerra Fría pasan a capitanear a su vez, como verdaderos “Estados centrales” (p. 185), las Civilizaciones de las que forman parte, actuando dentro de ellas como “fuentes de orden” (p. 186). “Estos procesos son muy claramente visibles por lo que respecta a las civilizaciones occidental, ortodoxa y sínica” (p. 185).
7º.- Ante el nuevo “orden” de civilizaciones, Occidente, según Huntington, debe esforzarse en tres objetivos: mantener su superioridad militar; promover la democracia occidental entre las demás civilizaciones; y controlar y restringir la inmigración en Occidente de los no occidentales (p. 220).
Hasta aquí, Huntington. No cabe duda de que nos encontramos ante un argumentador brillante... y no poco tramposo. Veamos dónde está la “trampa”.
*1ª trampa: Señalar a las viejas superpotencias de la Guerra Fría como inequívocos “Estados centrales” de tres de las civilizaciones catalogadas (precisamente las más activas y capaces, hoy en día: la occidental, la ortodoxa y la sínica). Da a entender, sobre todo, que Huntington no acaba de creerse su teoría de la “sustitución” del “antiguo” orden por uno “nuevo”. Más bien parece que aboga por conservar y consolidar viejas y ya muy malgastadas “capitanías”; en el caso “occidental”, sin duda, la estadounidense. Llamar “noratlántica” a la civilización occidental es, por otra parte, una perversión retórica que nos retrotrae subliminalmente a la OTAN, a la que por cierto se cita no pocas veces en el libro.
*2ª trampa: Determinar como objetivos defensivos de Occidente sólo los tres que recoge el punto 7º, es traicionar la esencia misma del concepto de “civilización” planteado por Huntington, y cuyo elemento más importante (según veíamos en el punto 2º) es la “religión”. Al parecer ésta no merece consideración defensiva alguna; como sí, en cambio, la “democracia occidental”, que debe ser incluso -según el autor- “exportada” y promovida. Se diría que para Huntington aquélla -la religión- figura como excusa, y ésta -la democracia liberal- como “fundamento” de la Civilización Occidental.
*3ª trampa: ¿No es mucho decir que la Civilización Latinoamericana se distingue de la “Occidental” porque “ha tenido una cultura corporativista y autoritaria que Europa tuvo en mucha menor medida”? ¿Habrá que recordar dónde surgieron las primeros ensayos autoritarios y corporativistas, y dónde alcanzaron su desarrollo más perfecto (el totalitarismo), y hasta qué punto Latinoamérica no hizo sino importar lo que le vino de fuera?
*4ª trampa: ¿Por qué, a la hora de definir su “civilización latinoamericana”, minusvalora Huntington el componente católico? El hecho de que pueda efectivamente estar cambiando hacia una protestantización no desvirtúa que la razón fundacional de la Civilización Latinoamericana sea -si es verdad que las civilizaciones se definen, como quiere Huntington, por su elemento religioso- la religión católica. También la Civilización Occidental está cambiando, si no ha cambiado ya, hacia una secularización muy notable, y el ideólogo norteamericano no duda en catalogarla todavía como “cristiano-occidental”. Se diría que de un modo u otro se quiere evitar que la Catolicidad se constituya por sí en eje vertebrador de una “civilización”. Parece quererse que sólo tenga efecto en cuanto que “participe” de la cristiandad occidental a la sombra del protestantismo, verdadera “cabeza” intelectual y política del modelo.
*5ª trampa: ¿Por qué fijar el inicio de la Civilización Occidental en los siglos VIII-IX? Si es verdad que se considera la “Cristiandad” como razón fundamental de Occidente, ¿por qué no incluir también en ella los siglos IV-VII? ¿Por qué dejar fuera a San Agustín, a San Atanasio, a Orígenes, a Clemente de Alejandría, a San Isidoro, a Boecio, a San Beda, la labor del monacato oriental o la de San Gregorio Magno? ¿Tal vez porque de esta manera es más fácil disociar -como quiere Huntington- el Cristianismo occidental del oriental? Si es verdad que la Ortodoxia no se ha impregnado de la Reforma ni de la Modernidad, sino superficialmente, también lo es que ha vivido como parte -y parte sustancial- de la Cristiandad durante casi ochocientos años, cuando lo cierto es que Reforma y Modernidad no tienen aún más de cuatro siglos de vida. Claro, que aquellos ocho anteriores la vinculan no poco con una catolicidad que Huntington parece querer desdeñar como factor civilizatorio fundamental.
Es obvio que al señor Huntington “no le salen las cuentas” en cuanto introduce en su tramposo universo la Catolicidad. Por eso la devalúa, la mistifica como “parte” de algo o la niega, según conveniencia, cosa que no hace con ningún otro “factor civilizatorio”. Desgraciadamente para el norteamericano, la historia y el sentido común se resisten a sus simplificaciones. Todo cobra, en cambio, significación, si se entiende como dos cosas enteramente diferentes la Cristiandad y la Modernidad. Por de pronto, vale señalar que varias de las características con que Huntington define “su” Civilización Occidental son propias tan sólo de la cultura protestante, no de la católica: la separación westfaliana de religión y política, por ejemplo, “producto idiosincrático -según el autor- de la civilización occidental” (p. 61), se debe menos a la tesis “gelasiana” (explicitada en 494, en una carta del Papa Gelasio al Emperador oriental, y que contemplaba dos autoridades diferentes -detentadas por potestades distintas- pero complementarias: el Sacerdotium, de carácter espiritual, y el Imperium, de carácter temporal) que a la teoría luterana de la “doble moral”, que plantea una radical separación entre “moral privada” (sometida a los valores cristianos) y “moral pública” (secularizada). De hecho, la separación de la autoridad espiritual y la temporal, por la que la Iglesia había luchado hasta el siglo XVI, se esfuma en cuanto el protestantismo concede al soberano la primacía religiosa de la Nación. Lo único que “vuelve” en Westfalia es Maquiavelo. Y lo único con lo que Huntington “choca” es con la realidad de una “Civilización Católica” que fue hegemónica entre los siglos IV y XVI, que fue vencida en el XVII, que inundó la España Americana y que tuvo y tiene aún en el ámbito hispanoamericano su reserva de futuro. De ahí, sin duda, la agresiva “protestantización” que sufre desde hace medio siglo desde el norte y que Huntington perspicazmente detecta.
Si en este siglo XXI ha de haber un “choque de civilizaciones”, cuéntese con esa “Civilización Católica”, que es evidentemente iberoamericana, pero también más que iberoamericana en cuanto que nace y se desarrolla en origen como un imperio oceánico y transcontinental, y hereda vía España la vieja Cristiandad, la Civilización Occidental. Sin ella, las tesis de Huntington no pasan de fiasco. Dígase, para que no triunfe la mentira.
Don Miguel Argaya

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